La ruta para encontrar tu embarcación · México · 2005
Navegante
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emolcar o ser remolcado siempre es una maniobra delicada
en la que hay que poner todos los sentidos y estar muy alerta
desde el principio. Pero no por ello hay que sentir temor, sobre
todo considerando que cuando hay que hacerlo es por que no
nos queda mas opción y hay que salir o sacar del apuro a otro
navegante.
Aire o agua en la manguera de gasolina, falta de combustible,
sobrecalentamiento, pueden ser muchas las causas para necesi-
tar un remolque, pero ese es otro tema.
Podemos remolcar una embarcación pequeña, un velero o un
barco de motor grande, incluso mayor que nosotros. De igual ma-
nera nos puede remolcar un barco de tamaño similar al nuestro,
más grande o más pequeño, o un velero que también tiene motor. El
remolque se hará más rápido o más lento en función de quién sea
nuestro remolcador, de nuestro peso, del que nos remolque y por
supuesto del oleaje del mar. Pero sobre todo no hay que tener prisa,
dejando que las circunstancias se pongan de nuestro lado.
El Remolque
El cabo con el que se va a efectuar esta acción, que recibe también
el nombre de cabo remolque, debe ser sólido y fuerte al mismo
tiempo que elástico. Cuanto más largo sea, mejor para el trabajo
a realizar. Si el barco remolcado es más pequeño o ligero que el
remolcador, y si hay mar picado, el remolcado se echará fácilmente
encima del remolcador en cuanto coja una ola y comience a bajar
por su pendiente. Podría alcanzar a su benefactor, provocar serias
averías y poner en peligro la maniobra. Por tanto, el cabo remolque
debe ser largo, aunque haya que empalmar varios cabos a base de
ases de guía, con cabos fuertes, sólidos y elásticos. Los cabos ade-
cuados son los destinados a fondeos y amarras. Si hay sitio, nunca
está de más llevar a bordo un buen cabo para estar preparados
ante estos casos que en ocasiones ocurren. Además de la solidez
del cabo de remolque, su elasticidad es también muy importante
para amortiguar los tirones.
Para hacer un remolque más elástico y evitar los mencionados
tirones bruscos, se puede lastrar éste en el medio para que tienda a
hundirse y absorba los golpes producidos por el mar o los cambios
de velocidad; provocando pues que se eleve el lastre evitando que
las embarcaciones reciban el golpe o por lo menos minimizarlo. Un
buen trozo de cadena, un ancla atada al cabo de remolque a medio
camino puede servir para tal finalidad (fig. 2 ).
El Remolcador
Dentro de las varias posibilidades de tamaños entre uno y otro, el
éxito del remolque dependerá de los puntos de amarre que tenga
el remolcador, y de que éstos aguanten los tirones y la tensión
que van a sufrir. Es necesario que el tiro se haga desde el centro
para que no nos lleve la popa de un lado a otro y conservar al
máximo nuestra maniobrabilidad. Para conseguirlo debemos ha-
cer un triángulo entre dos puntos de amarre en nuestra popa y el
cabo que sale hacia el remolcado. El cabo se amarrará en las dos
cornamusas de popa y con una gasa en el centro para enganchar
el remolque (fig. 3).
El nudo se debe poder deshacer después de ser apretado con
fuerza por la maniobra de remolque. Sirviendo y siendo adecuado
para el caso, un nudo en ocho o un nudo de arnés. En la gasa que
queda, pasaremos el remolque y haremos un as de guía, de forma
que el remolque quede listo para ser lanzado al otro barco.
El Remolcado
El mismo esfuerzo que van a sufrir las cornamusas de popa del
remolcador, va a existir en el punto de amarre en la proa del
remolcado. Hay que escoger un punto fuerte, una sólida corna-
musa, una bita o quizás el punto más sólido de la proa sea el
molinete de anclas. Lo importante, además de que aguante el
punto de tracción, es que se pueda desamarrar el cabo remolque
rápida y fácilmente: unas vueltas limpias en la cornamusa o bita
y fijado el chicote de forma clara haciéndolo firme. Una vez ama-
rrado en la proa, hay que irse al timón y facilitar la maniobra
orientando la proa al punto de tiro del otro barco. Es muy impor-
tante alejarse del cabo de remolque porque si se rompe nos puede
pegar y hacernos daño.
Remolcando
a un Navegante
No hay nada qué temer
Experiencias náuticas
Texto: Raúl Sarmiento